miércoles, 23 de enero de 2013

Mi reina.

Hace un tiempo conocí una plebeya muy hermosa, con gestos elegantes, mirada provocativa y un alma traslúcida. Desde el momento en que la vi por primera vez supe que debía ser mi princesa, no, más aún, mi reina, esa mujer de ojos cafés y pelo tan oscuro como la noche debería ser mi reina.
Un día pensé que para conquistarla debería ser su bufón, hacerla reír, arrastrarme si era necesario para conseguir su felicidad, llenarla de chucherías, simples cosas que un pobre desgraciado como yo podía conseguir. Ella parecía muy feliz, con mis palabras parecía tomar confianza, valor, se sentía querida cuidada, amada, después de todo ella era la luz de mis ojos ¿ Quién no podía amar a esa mujer? ¡ Tan fuerte por fuera y tan frágil y dulce por dentro! Era mi Venus. Era... ¡ POR DIOS ESA MUJER ERA MI VIDA ENTERA!.
Todo marchaba muy bien, ella era feliz y yo... yo también lo era, su sonrisa era mi sonrisa, mi amor la rodeaba cual fragancia importada. y su humildad se había apagado. Palidecí ¿¡ Dónde ha quedado tu humildad, amor mío ?! le dije y ella contesto -" Pobre hombre herido, triste y desamparado ¿ Acaso no lo ves? soy una reina, carezco de humildad, tengo hombres mejores a mi merced, regalos en todas partes y un corazón que no desea amar, tu Lord humildad ¿Qué tienes? No tienes dinero, no tienes una vida digna, ¡ Todo lo que tienes es mi amor y ni siquiera es verdadero! No tienes nada, ¿ por qué habría de necesitarte?"
En ese momento sentí que había tirado mi cerebro y corazón al piso, solo tuve agallas para recoger uno. Con el cerebro entre las manos y mi corazón machucado me fui, pero no antes sin decirle "Espero que algún día puedas ser feliz. Es triste saber que tus ojos no son como los míos, que tu boca no sea como la mía, y que tu corazón no fuera tan abierto como el mío. Me voy y juro no amarte más, aunque me duelan los ojos de tanto llorar. Ya encontraras a tu rey, ese que te trate como su esclava, el que te de el lugar que una desamada conoce y cuando te acuerdes de mi, si es que en tu cabeza aparezco, recuerda que pude haberte hecho feliz, pero tu humildad ha escapado en tu cuerpo y se ha metido en el mio, pero no como humildad, claro que no querida, sino como orgullo, tan grande que no ha dejado lugar al corazón, por eso no te amo, y no te amaré jamás, ni a ti ni a ninguna joven dama. Tus palabras no me guían, tus caprichos no me siguen. Tú, mi bella dama no eres parte de mi. Adiós mi reina bastarda, adiós para nunca volver.
Hay días en que pienso en ella, y pienso si ella tendrá mi corazón. Un día la volví a ver, sola y desamparada. Me entristecí un poco, pero aún, viéndola sosteniendo su corazón entre las manos no la amé, una parte de mi lo hizo, pero esa parte murió, como el recuerdo de lo que una vez fui.







Prometí en secreto escribirte princesa, ojala un día encuentres a esa loca que te saque de lugar.  Adiós Lady Brenda. Tuya nunca Lucía.

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